Sócrates. La serenidad

 

Hace ya bastante tiempo que tomé la costumbre de volver de vez en cuando a los diálogos platónicos. Esos escritos antiguos son una fuente inagotable de temas, de ideas, de reflexiones, que sirven muy bien para encontrar inspiración y luces sobre las diferentes situaciones que afrontamos en el día a día.

El estilo de Platón es muy atractivo y didáctico. Se vale de la conversación para desarrollar los temas más complejos, los que inquietaron la mente de los grandes pensadores de su tiempo. Que dicho sea de paso, son los que fundaron para Occidente la reflexión filosófica.

En muchos de los diálogos el que toma la palabra es Sócrates. Un pensador que,  aún cuando es  de los más influyentes de su tiempo, no dejó ningún texto escrito; todo lo que conocemos de él nos llega por la mano de terceros, entre ellos Platón.

El [Fedón](http://www.filosofia.org/cla/pla/azc05019.htm) es uno de los diálogos más conocidos de Platón. Allí se encuentran temas tan interesantes como la concepción del conocimiento y la teoría del alma. Pero el tema que me llama la atención para este escrito es el de la serenidad ante la muerte.

El diálogo se inicia cuando se encuentran dos filósofos, Fedón y Equécrates, ambos personajes son históricos, existieron en la vida real.

Como Equécrates vive lejos de Atenas no le es fácil acceder a la información ── ya para ese entonces la información era vital para los que se dedicaban a cultivar la reflexión──  Sabe que Sócrates ha muerto, pero las informaciones procedentes de Atenas son muy precarias. Por  tal motivo aprovecha que Fedón está de visita en su ciudad y le invita para que le comente sobre los momentos finales de la vida de Sócrates. Acude a Fedón porque este formó parte de un pequeño grupo de amigos que acompañó al eminente filósofo en los momentos anteriores a su muerte.

En uno de los pasajes de la conversación  Fedón comenta que  todos los que estaban presentes vivieron una experiencia, que bien pudiera catalogarse como extraña. A pesar de que eran testigos de un momento doloroso, ya que su maestro, amigo y mentor estaba a punto de perder la vida, al cumplirse el plazo para ejecutar su sentencia de muerte, ellos, sus amigos y discípulos,  no se sentían sobrepasados por el dolor, no eran capaces de sentir pena.

Cuenta Fedón, que la templanza con que Sócrates asumía el trance de la muerte era tan natural, tan normal, tan poco trágica, que era capaz de contagiarlos a todos de una gran serenidad, al punto de poder entender que antes que un mal, la muerte podía ser la posibilidad de liberar el alma para disfrutar de un pleno bienestar.

Sócrates no se amilana ante la muerte, no es presa del dolor o el arrepentimiento, no cae en la desesperación, no tiene quejas ante esa situación límite. Las dudas e incertidumbres que otros mortales pueden tener en un momento como este no existen en la mente del gran pensador. Asume con total normalidad que se encuentra a las puertas de un acontecimiento necesario y esperado. El término de la temporalidad del cuerpo vivo que da paso a la liberación del alma inmortal.

Esta fuerte convicción en Sócrates es la consecuencia de una búsqueda afanosa que le ha ocupado toda la vida, la verdad. Con perseverancia, dedicación, pasión y disciplina se ha entregado al conocimiento, esa ha sido su gran meta: el conocer, propia de un hombre que ha reconocido con humildad que mientras más sabe más le falta por saber. Este insigne pensador ha  hecho de la reflexión su forma de vida.

Entre las grandes conquistas del intelecto socrático está haber internalizado una idea del alma, muy diferente a la que tenemos en nuestro tiempo, una mezcla de razón y espiritualidad. Una idea tan potente que le sirvió para lograr trascender el miedo ante la muerte.

En Fedón encontramos el germen de una serie de planteamientos muy de moda en los días que corren, entre ellos ese que dice que la realidad puede tener diversas miradas. Sócrates logró una mirada que le permitió aceptar de buena manera, sin angustias, el desenlace final.

Gracias por su tiempo.

Fuente de las imàgenes. I

II  III

 

 

 

 

 

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