Diálogos del saltamontes #1

 

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En un antiguo monasterio Shaolín, enclavado en la cara más escarpada de un alto risco, un anciano, ciego y venerable maestro, cumple con afán la delicada tarea de preparar un pequeño discípulo; un niño que, con la naturalidad propia de su edad, quiebra la tranquilidad del lugar para obtener del maestro alguna gota de sabiduría.

Sobre el ver.

── Pequeño Saltamontes: ¿qué haces rondando por aquí en mi tiempo de descanso?, pregunta el maestro.

──Pero cómo has podido verme si tus ojos están muertos, responde el niño.

──Es verdad, mis ojos están muertos, en ellos una espesa capa blanca bloqueo la entrada de cualquier visión, pero aún así sé que estás allí.

──En la oscuridad yo no puedo ver y tú vives en la eterna oscuridad.

──Sí, mis ojos hace tiempo que dejaron de apreciar la claridad del día, para ellos solo existe oscuridad.

──Sin embargo, al acercarme pudiste notar mi presencia, hice todo lo que me has dicho del caminar sigiloso, así que no fue algún ruido el que me delató, ¿cómo pudiste saber que me acercaba?

──Tu caminar sigiloso estuvo  bien, diría que excelente, has aprovechado al máximo todo lo que hemos practicado sobre el desplazamiento sin rastro, no hiciste nada que te delatara.

──Sigo sin entender maestro, ¿si no cometí imprudencia en mi andar cómo me pudiste descubrir?

──Simplemente pude ver qué te acercabas.

──Cómo puede ser, ¿acaso hay forma de ver sin la luz en la visión?

──Efectivamente, sí las hay.

──Maestro, ¿me pudieras aclarar qué estás diciendo?

──La visión de los ojos no es la única que podemos tener, todos los humanos podemos aprender a ver de otra manera también.

──¿Cómo es ese modo?

──Todas las especies de la tierra tienen una luz interior, en cada persona esa luz tiene una intensidad particular, con el entrenamiento adecuado todos podríamos ser capaz de verla.

──¿Así fue entonces como notaste mi presencia?

──Sí, todo el tiempo te veo, no de modo similar al tuyo; no distingo la tridimensionalidad que tu distingues, pero puedo saber que estás allí, percibo tu luminosidad con mucha fuerza, tu luz tiene una cualidad única, como la de cada ser.

──Maestro, ¿alguna vez podré yo también ver eso que dices?

──Sí, para eso estas aquí. Tu preparación te permitirá poder distinguir la luminosidad de las personas, aún con los ojos cerrados o en la oscuridad podrás reconocer al que esté cerca de ti.

──Perdón maestro, pero no creo que eso sea posible, si cierro los ojos sé que nada veré.

──Eso  lo tendremos que conversar muchas veces, tiempo no nos va a faltar, tu camino apenas inicia.

──Será un esperar inútil, maestro, sé que no podré.

──Ya veremos saltamontes, nos toca la tarea de convencer a ese pequeño corazón que si confía todo lo puede lograr. Poco a poco aprenderás a deshacer las barreras que te impidan avanzar, aprenderás a librarte de los lastres, eso te hará liviano y te permitirá volar.

 

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