¿Ser auténtico?

 

Repetir y repetir hasta que la idea se fije en la memoria debe ser una práctica exclusiva de nuestro tiempo. Tomemos por ejemplo las canciones, llega un momento en que de tanto escucharlas en la radio se quedan fijas en el oído, no solo la melodía sino la letra también, suele ocurrir que comencemos a tararear una canción sin reparar en lo que estamos diciendo, simplemente repetimos.

Igual sucede con algunas palabras. Se ponen de moda y comienzan a ser usadas en muchas situaciones y contextos con diferentes significados, que pueden o no tener correspondencia con el significado real, es el caso de auténtico.

Un primer acercamiento a la palabra nos dice que es ser lo que parece, esto es, pasar de  la apariencia a la realidad. Esto se aplica fácilmente  a una joya por ejemplo, decimos que es de oro. Si esta hecho de plástico no es auténtica, es falsa, pero si es de oro entonces si cumple la condición de autenticidad.

Este ha debido ser el primer contenido de la palabra auténtico, descartar lo falso de lo verdadero.

En algún momento el vocablo se trasladó para referirse a las personas, dudo que haya sido en la antigüedad, a menos que también en ese tiempo el fingir haya sido una práctica normal.

Ahora bien, ¿qué pasa cuando trasladamos esto a las personas? ¿Quién es auténtico? ¿Es posible ser auténtico? ¿Por qué se requiere serlo?

En nuestro tiempo parece haber un reclamo porque las personas se muestren como son, que no sean como Janus, el de las dos caras. ¿Hay cansancio de vivir en un mundo fingido?

¿La vida fingida es la vida normal? Puede ser, pareciera que eso es lo predominante. A lo mejor lo otro, la autenticidad, es una quimera para románticos y come flores.

En el mundo en que vivimos es casi imposible ser auténtico. Casi nadie es autosustentable, la mayoría depende de otros para garantizar su sobrevivencia.  En esa situación donde no somos autosustentables, donde para lo más mínimo dependemos de alguien que tiene más poder, ¿Hay algún chance de ser auténtico? ¿Hay las condiciones para poder plantar cara y decir las verdades? ¿Para no ser alcahuetas? ¿Para superar la sumisión?

Puede ser que insistir tanto en la autenticidad sea un malestar en la cultura, un reclamo producido por una especie de ratón moral, para calmar la conciencia, para no sentirse tan mal.

No sería raro que de tanto vivir fingiendo las personas tengan ataques de remordimiento, a lo mejor les gustaría ser de otro modo. Sin embargo, pocos podrán darse el lujo de dejar el simulacro en sus vidas, para ello se necesita no depender.

Creo que por allí va ese reclamo de autenticidad tan de moda en nuestro tiempo. De tanto ver  en el espejo la imagen del actor que se es se produce un agotamiento, entonces pedimos autenticidad.

Uno de los tantos slogan apreciados por el gran público es el que dice; “para poder ser feliz hay que ser auténtico”. En un contexto ideal esto parecería razonable, a lo mejor hay muchos grados de felicidad al margen de la autenticidad.

En caso de que hubiere algún chance para la autenticidad esto pasaría por ser capaz de involucrarse atentamente en la palabra de los demás, tarea nada fácil.

Por sobrevivencia estamos entrenados para ver solo nuestra parte luminosa, es normal ser narcisista. Son los otros los que nos pueden ayudar a descubrir un poco la zona de sombra, la parte oscura, todos las tenemos, está en la raíz de nuestra imperfección.

La condición de autenticidad en cierto modo es contra natura. Se aprende lo contrario, el fingimiento, como un mecanismo natural de adaptación y sobrevivencia.

Pero si alguien tiene el atrevimiento de querer ser auténtico es imprescindible que se someta al escrutinio de los otros, sin la palabra sincera del que está afuera no es posible llegar a saber cómo se es.

Gracias por su tiempo.

Fuente de la imagen. I

 

 

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