Concurso de cuentos #fotocuento: El Trìo

 

El trío

Esa mañana Rafael no quiso jugar conmigo. En los ocho años que tengo con él es la primera vez que no distingo una sonrisa en su rostro. No recuerdo los detalles de nuestro encuentro, solo sé que yo era pequeño, cachorro, al parecer fui dejado abandonado cerca de su casa.

Una noche mis gemidos alteraron el sueño en aquel  apartamento de primera planta. Rafael le preguntó  a Matilde si escuchaba algo extraño, ella respondió que sí, que había algo raro cerca de la puerta de entrada al edificio. Rafael se dispuso a averiguar lo que pasaba. ¡Quédate tranquila¡… le dijo a la esposa, solo me voy a asomar a la puerta… Bueno rafa, ya tu sabes…

Matilde, que siempre había sido un poco nerviosa, últimamente se sentía más intranquila. Desde que el último de sus hijos había marchado al extranjero se había sumido en una mezcla de congoja y excitación, todo la alteraba, no dejaba de estar preocupada.

Del frecuente bullicio que dejaban los cuatro hijos y cuatro nietos en sus visitas a la casa familiar, ahora lo único que se escuchaban eran mis ladridos. La pareja, luego de cincuenta años  de matrimonio, poco hablaba, el lenguaje de los gestos hacía tiempo que había ocupado el lugar de los sonidos.

Al principio Matilde no estuvo de acuerdo con mi presencia. ─Pero Rafael: ¡tú estás loco! ¡Qué coño vamos a hacer con un perro!, le increpó su compañera de toda la vida cuando el anciano abrió la puerta del apartamento, con una sonrisa de oreja a oreja y yo en la pequeña caja.  ─No te preocupes vieja, yo me encargo de la mierda y el meao mientras aprende…

Para sorpresa de los dos ancianos muy pronto aprendí a no ensuciar el apartamento. Cerca del edificio había un área verde donde Rafael me llevaba todas las mañanas, jugaba conmigo y me dejaba tranquilamente que yo encontrara el tiempo para deshacerme de los desechos del cuerpo.

Creo que Matilde me llegó a querer tanto o más que mi anciano dueño.

Una tarde que Rafael  estaba de compras sentí un fuerte golpe en la habitación. Ladrando salí corriendo y la vi tirada en el suelo, mis ladridos no lograban despertarla, al final me eche a su lado a esperar.

Al sentir la llave en la cerradura comencé a ladrar, Rafael no se sorprendió, era lo normal. Pero al llamarla se dio cuenta que algo andaba mal, fue al cuarto, salió corriendo para la calle y regresó con dos vecinos que cargaron a Matilde y la llevaron a algún lugar.

Pasaron unos días y mi rutina cambio poco, el viejo y yo salíamos como de costumbre, eso sí luego me dejaba solo, me decía: voy donde Matilde, vengo ahora.

Pero hoy algo raro pasó, Rafael se levantó muy cansado y con los ojos llorosos, no dijo nada, solo se fue y no me sacó. Por primera vez creo que me voy a mear en el suelo…

 

Gracias por su tiempo.

Fuente de la imagen. I

 

 

 

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