Némesis. El equilibrio

 

Si a usted alguien le preguntara cuánto dinero necesita para ser feliz o, para ponérselo más difícil, hasta dónde quisiera ser feliz. ¿Qué respondería? ¿Pudiera tener un límite su aspiración?

Al ser humano le puede resultar muy difícil encontrar algún límite a sus aspiraciones. Parece que lo normal, lo natural es la tendencia al infinito, a la desmesura. En nuestro tiempo decimos “el cielo es el límite” como una manera de indicar que nuestras metas no tienen porque ser reguladas, deben echarse a andar hasta que lo permita nuestra capacidad.

El resto de las especies actúan de otro modo, en ellos hay una especie de ley natural que los impulsa más bien al equilibrio. Por ejemplo, los animales comen hasta que su organismo quede saciado, puede ser menos si la oferta de alimentos es escasa, pero casi nunca será más.

Los humanos en cambio le hemos dado al alimento una cualidad especial, es fuente de placer  y el disfrute de los placeres tiende a ser ilimitado, de allí una expresión muy conocida: “hasta que el cuerpo aguante”, con esto queremos significar que voluntariamente nos cuesta establecer cuál es el momento de parar.

Si las condiciones son favorables es posible que ante alimentos suculentos, bebidas adecuadas y sexo exquisito, nuestra tendencia normal sea mantener el placer lo más que se pueda: “hasta que el cuerpo aguante”. ¿Es bueno esto? ¿Es malo esto?

Los antiguos griegos pensaban que esta tendencia humana a la desmesura no era conveniente, en  la manera griega de entender la vida todo debía guardar un equilibrio.

Sin embargo, con ese profundo conocimiento que lograron los griegos sobre el alma humana, también entendieron que la tendencia natural  del comportamiento de las personas no era para mantener el equilibrio, que con la sola razón no bastaba para frenarnos, para imponernos un límite.

Por eso en su Panteón de los Dioses tenían a una figura como Némesis. Una Diosa a la que se le atribuyen diferentes paternidades, incluso autores como Hesíodo la ubican al nivel de los Dioses primigenios, los más poderosos, los que podían darse el lujo de desobedecer las instrucciones del gran Zeus.

En las representaciones de la iconografía Némesis  puede aparecer con una balanza, con un reloj de arena, con un pie montado sobre la rueda del destino, pero siempre con una espada en la mano, su función es la de impartir justicia, ¿sobre quién? ¿Sobre qué?

Némesis tenía la función de resguardar el equilibrio, su mirada era equitativa, quizá uno de los antecedentes más lejanos de ese pensamiento que en nuestro tiempo ha hecho mucho daño, el del igualitarismo.

Para Némesis cualquier exceso era cuestionable y digno de castigo. Si Tyche, la Diosa de la fortuna, premiaba a alguien y Némesis consideraba que ese premio era exagerado, entonces para compensar la situación le mandaba una desgracia a la persona, de modo que su fortuna se viera disminuida.

Pero también podía intervenir  Némesis en caso de afrentas personales, si alguien cometía una falta hacia una persona o le hacía un daño, la espada de la Diosa se encargaba de impartir el castigo adecuado, por eso también se conoce a Némesis como la Diosa de la venganza.

La manera de actuar de Némesis era una forma de la llamada justicia retributiva, una concepción en la que el castigo debía ser proporcional a la falta.

Pero la Diosa tenía una manera muy particular de interpretar el “justo medio”. Si te dieron premios en demasía, entonces te merecías pérdidas;  si has tenido exceso de alegrías, entonces te merecías tristeza. Con este principio se garantizaba el mantenimiento del equilibrio universal.

Cualquier griego de la antigüedad que pudiera viajar en el tiempo hasta el mundo de hoy probablemente no dudaría en invocar la intervención de la Divina Némesis para enmendar el desastre que se abriría ante sus sorprendidos ojos.

Gracias por su tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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