Flexibilidad y adaptación

 

Hay imágenes que no cuadran, que desubican, que parecen retar la razón. Ver por ejemplo un frondoso bosque en el mismo lugar donde ha ocurrido un grave accidente nuclear hace dudar de los sentidos. Sobre todo porque sabemos que la fuerza desatada por la energía nuclear puede elevar los niveles de radiactividad de tal modo que  hace imposible la vida.

Sin embargo, la vida, como principio, como fuerza, como esencia, es una fuerza poderosísima, que tiene la capacidad de abrirse paso en las condiciones más adversas. Esta capacidad de recuperación  la podemos ver en el área de Chernobyl, en la antigua URSS.

En 1986 un accidente nuclear en la planta Vladimir Ilich Lenin, en  la ciudad de Chernobyl, norte de Ucrania, produjo la expulsión de una gran cantidad de material radiactivo a la atmósfera. Los expertos consideran que el material expulsado fue 500 veces mayor al que produjeron las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Toda el área cercana a la ciudad fue clausurada.

Como consecuencia del accidente se estima que murieron unas 4000 personas. De igual modo, murió la vegetación en un área  de cuatro kilómetros cuadrados,  cercana al reactor; en 30 kilómetros cuadrados todas las especies animales y vegetales fueron afectadas, en el caso de los animales quedaron estériles, perdieron su capacidad de reproducción.

Sin embargo, luego de 30 años la vida ha resucitado, en el lugar del área devastada  se ha formado un frondoso bosque.

La explicación para ese milagro de la naturaleza  la encuentran los científicos en la peculiaridad de la biología de las especies vegetales.

Uno de los efectos de la radiación es que afecta el ADN de los organismos vivos, produciendo una gran mortalidad celular.

En el caso de los animales esto representa un gran problema; al ser  estructuras complejas, donde todos sus sistemas están interconectados ──el cerebro, por ejemplo, es un gran centro de control ── la muerte de las células de un órgano afectan todo el sistema, haciendo inviable la vida.

Las plantas funcionan de otro modo, tienen mayor capacidad de adaptación a la radiación. Sus células son más independientes porque sus sistemas son más simples. Además, pueden reproducir nuevas células muchísimo más rápido que las especies animales.

Por otra parte, la estructura de las paredes celulares de las plantas las hace prácticamente inmunes a los tumores  y no solo eso, sino que les permite crear nuevas células sanas en un sitio cercano a las áreas dañadas o contaminadas.

Pero  la resistencia a la radiación no basta para que se haya desarrollado ese gran bosque en Chernobyl. Además, ha debido producirse  algún mecanismo de adaptación para que el ADN de las nuevas plantas sea más resistente. Este es un tema que algún día será estudiado por los científicos.

Con el resurgimiento de la vida vegetal en el área ha resurgido también la vida animal, poco a poco ese ecosistema va tomando las características que tenía antes de la llegada del ser humano.

En ausencia del hombre la naturaleza encuentra de nuevo  su curso.

La recuperación de la vida ocurrida en  Chernobyl  nos lleva a una triste conclusión: la acción antrópica de nuestra especia es la fuerza más destructora del planeta. Somos la verdadera traba para la recuperación de la tierra. Si nos apartamos la naturaleza logra vencer hasta la más fuerte radiactividad.

Gracias por su tiempo.

 

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