El muro de la vergüenza

 

 

El 13 de agosto de 1961 se comenzó a construir el muro que mantendría separada  la ciudad de Berlín, Alemania, durante 38 años.

Al final de la segunda guerra mundial Alemania quedó  bajó el control de las potencias que intervinieron en la guerra. Una parte del país estuvo controlada por  la Unión Soviética y la  otra, quedó a resguardo de los aliados que lucharon contra el nazismo: norteamericanos, ingleses y franceses.

La división alemana se hacía particularmente notoria en la  capital, Berlín, donde convivían por sectores los diferentes grupos que habían formado parte de la coalición que acabó con el régimen de Hitler.

Durante algunos años los berlineses podían disfrutar de ciertas condiciones de excepción que favorecían, no sin dificultades, el tránsito entre una zona a otra. Había viviendas que compartían su espacio entre las dos divisiones; la sala estaba en el Este y los dormitorios en el Oeste. El absurdo de la división era total.

Hasta el año 61 Berlín se convirtió en la gran puerta de salida para las personas  que huían del asfixiante régimen comunista. Entre el  49 y  el 61 más de tres millones de personas cruzaron hacia el lado Occidental.

El flujo creciente de inmigrantes, la dificultad para controlar el paso fronterizo y las tensiones crecientes entre los países del Oeste y el Este, hicieron que el gobierno de Berlín Oriental tomará la decisión de cerrar la frontera,  mediante la construcción de un muro que hicieron en tiempo record.

La imposición  del muro de Berlín fue uno de los momentos culminantes de lo que se conoció como la guerra fría.

Desde su construcción el muro se convirtió en uno de los grandes símbolos de la intolerancia, de la incapacidad humana para  poder llevar una convivencia civilizada, de la indefensión del ciudadano  ante los abusos del poder.

 

Las altas paredes de concreto, terminadas en alambradas de espino, y visibles desde cualquier parte de la capital alemana, eran un recordatorio del poder de las ideologías para enceguecer el alma humana.

El final del siglo XX trajo consigo el derrumbe del muro. En el año 1989, un conjunto de factores  hicieron insostenible el modelo soviético,  provocaron el derrumbe del sistema comunista, y con él la caída del  muro de la vergüenza.

Pero la disminución de las tensiones ideológicas  y el fin de la guerra fría no dieron paso a una convivencia más amable en la humanidad, no lograron que desapareciera la necesidad de establecer barreras, de separar a las personas.

En lo que va del siglo XXI han crecido los motivos para aumentar las separaciones. A los restos de los resabios ideológicos se han sumado, con mucha fuerza, las diferencias religiosas y raciales.

La triste realidad de los días que corren es un aumento de las tensiones entre los pueblos. Los muros, reales y simbólicos, se siguen erigiendo.

La vida actual se mueve en medio de una gran paradoja. Por un lado, tenemos a los países cerrando sus fronteras, arreciando los controles, levantando muros. Por otro, una expansión de las comunicaciones en la que se puede vivir la ilusión de una gran amplitud, donde las fronteras no existen.

¿Será el espacio digital él único sitio donde se puede lograr la convivencia? ¿Tenemos que conformarnos con eso? ¿Estamos condenados a la vergüenza de vivir entre muros?…

Gracias por su tiempo.

Fuente de imagen. I

 

 

 

 

 

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